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   Apenas había emprendido la marcha a casa. Una suave brisa y el ligero aguacero acompasaban mis pasos sobre la vereda. Apenas la había dejado y cruzaba una avenida larga, iluminada por faroles que creaban un espejismo donde uno podía viajar con la nostalgia, y cruzando el umbral del tiempo y la memoria, historia y ficción, de una ciudad hechicera: eco de un mundo que ya no existe, acuarelas en las gotas de fábulas que hacen temblar el decorado de esta historia… Porque recorría con miedo un futuro tan amplio y luminoso como aquella avenida, imaginando sólo por instante que no había más fantasmas allí que los de la ausencia y la pérdida, y que aquella luz que me sonreía era de prestado y sólo valía mientras pudiera sostener con la mirada, segundo a segundo.

   Eras más sabia que nadie que hubiera conocido. A veces alegre, otras triste y con displicente palabras para el amor. Y me alegro, porque es posible que ese momento no llegue nunca…

Le había dejado esperándome. Nunca supe que el océano del tiempo nos devuelve los recuerdos que enterramos en él. Veo la imagen de la persona que fui, vagando entre las brumas y su nombre encendido como una herida fresca: el recuerdo de dos personas, sus vidas, sus sentimientos, sus ilusiones, su ausencia, los sueños que nunca llegaron a realizar, las decepciones, los engaños y los amores no correspondidos que envenenaron sus vidas… Todo estaba aquí, atrapado para siempre. Quise volver a ser ese amigo… el que se perdió por el camino. Y seguí caminando sin saber que la vida es la hipoteca del alma, sin saber que el camino al infierno está hecho de buenas intenciones: aun si uno sale bueno, ir avanzando demanda cometer traiciones, con los demás o con uno. Hay quien tiene la fortuna de no caer demasiado en ello y quien directamente es un hijo de puta… Y nos queda una gran deuda: todos tenemos un secreto escondido bajo llave en el ático del alma.

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