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   Participando en unas conversaciones y una cadena de mensajes, he percibido que el tema sobre la racionalidad suele ser muy sensible de tocar cuando confronta las ideas que las personas suelen tomar como base argumental. Incluso, la cuestión resulta por demás rebuscada cuando es necesario apelar a la noción de razón, pues inevitablemente uno puede terminar imponiendo “su razón” —su versión de la realidad. Presentaré el desarrollo de algunas ideas sobre la racionalidad, la ciencia, las creencias, la irracionalidad y el desarrollo de las mismas como explicación de la realidad.

Advertencia: Muchos de los conceptos serán mostrados en un sentido amplio, es decir, sin los tecnicismos que nos reduzcan a alguna especialización. Por ejemplo, usaré “veraz” para identificar aquello que es honesto, que no niega la contundencia de los hechos; así, cuando se mencione el uso de datos o análisis con los datos la realidad, se asumirá que la persona no tergiversará los hechos. También, usaré “mundo” o “universo” para referirme a la realidad, a todo aquello que forma parte de lo sensible —el mundo sensible. Por último, no pretendo defender las “creencias” ateas ni las religiosas (en particular, el cristianismo), pues veremos —espero— que ambas pueden ser productos de la irracionalidad de algunos de sus seguidores.

   Vivimos en mundo que es de los tantos que están en el universo, de ese mismo universo inhóspito y muchas veces inaccesible a la inspección simple. Por eso, cualquiera que nos oiga hablar sobre el universo tiene buenos motivos para dudar de ello, a pesar de que seres humanos estamos sujetos a los mismo fenómenos del universo. Hay quienes piensan que la materia cósmica tiene unos doce mil millones de años, otros están convencidos de que este mundo apenas existe desde el año 4005 a.C. (“exactamente” desde el 23 de octubre del año 4004); hay quienes creen que vivimos acechados por entes de otra realidad, manifestaciones de las almas de quienes en vida anduvieron como nosotros, mientras que otros piensan que son sinsentidos, despropósitos de nuestros deseos; también hay quienes creen que la sucesión 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 les permitirá hacerse de dinero ganando la lotería, mientras que apostar por 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89 es perder el dinero. Sin duda alguna, todos tenemos opiniones; las que podemos contrastar una a una sobre cómo funcionan los mecanismos del mundo, sus caras, sus facetas o cualesquiera de las más diversas perspectivas.

   Ante tamaña disparidad, es natural preguntarse si es posible obtener una concepción objetiva de la realidad. Claro, dejando de lado las preferencias, los gustos o la imaginación del espectador: una comprensión que dependa únicamente de cómo es, de hecho, esa realidad. A la vez nos preguntamos ¿cómo afrontar tal maraña de opiniones contrapuestas? ¿Es posible dar objetivamente la razón a unos mientras que se asevera que otros yerran? ¿O todas las opiniones gozan de la misma legitimidad? (¿O ambas se equivocan? En este punto aclaro —y me adelanto un poco— que es posible que fragmentos entren en conflicto o trabajen en conjunto. Una versión de la dialéctica que apoye la extensión del núcleo deductivo y cuantitativo de nuestro razonamiento como lo que expuse en la publicación de las restricciones de la deducción.)

   A lo largo de la historia hemos tenido diversas teorías (sobre cualquier cosa), en el devenir de los hechos, algunas han salido victoriosas y otras mejoradas, superviviendo y prevaleciendo sobre las otras. Pero para confrontar las teorías no nos queda más que elegir un criterio de selección: la racionalidad. (Ya veremos por qué tiene que ser el criterio elegido.) Evidentemente son los mismos hombres quienes dicen que el hombre es un animal racional, si no, no se explica que alguien lo diga. No cabe duda que todos los hombres son animales, pero sólo algunos son ocasionalmente racionales. También están las personas incapaces de seguir un razonamiento abstracto mínimamente profundo; hay quienes pueden entender el funcionamiento complejo de la célula, y a la vez no ser capaces de entender un sencillo problema matemático, o viceversa; también hay —que los hay— quienes tienen la capacidad necesaria, pero reniegan de ella y consideran que ser irracional es más divertido, más humano, más intenso, profundo, o más cualquier cosa que ser racional; otros abrazan la razón, pretendiendo pasar por seres racionales, y al mismo tiempo, incapaces de entender su desvarío, pasan a las filas de las teorías más disparatadas. Luego, cada autor irracional impregna con esa irracionalidad una amplia e imaginativa gama de teorías, ninguna de las cuales puede tomarse como válida bajo criterios objetivos. La cuestión es: si uno se pregunta ¿qué debo pensar acerca del mundo? y busca sinceramente una respuesta racional; no la que más le guste o convenga, no su respuesta, sino una que se ajuste a los hechos. ¿Existe lo que busca o es sólo una quimera?

   Dicho de otra forma: si tuviéramos a nuestra disposición el tiempo libre, así como la posibilidad de acceder a todos los datos sobre el mundo necesarios, ¿podríamos obtener una idea objetiva de cómo es el mundo? La objetividad podemos expresarla de este modo: si dos personas hicieran lo mismo, ¿llegarían a la misma concepción del mundo? o, de no ser así, ¿podría alguno convencer al otro de que su concepción es errónea arguyendo racionalmente? Naturalmente, debemos suponer que ambas personas tienen la capacidad e interés de usar la razón. Podemos pensar que una persona irracional puede entrar en razón, pero ello sólo podría lograrse con argumentos subjetivos, retóricos, no necesariamente racionales, ya que la racionalidad de un argumento no es una condición necesaria para que sea aceptado por una persona irracional. (Desde luego, no se está discriminando a las personas irracionales. Así como nadie tendría en cuenta la opinión de un matemático —que desconoce temas de biología— sobre los procesos de la célula, tampoco tiene sentido tener en cuenta la opinión de una persona irracional cuando se discute sobre un problema racional.)

   El producto de usar la razón al afrontar los problemas del mundo es lo que solemos llamar ciencia. No obstante, cabe preguntarse si la ciencia existe en el sentido que acabamos de plantear. No falta quien lo cuestione, quien piense que la ciencia es sólo una forma más de ver el mundo, como el catolicismo es otra, y que no hay ningún criterio que nos permita considerarla mejor que otra. En efecto, no hay manera a priori de justificar nuestra afirmación. Es precisamente en este punto en el cual debemos recurrir a los antecedentes de la ciencia. Se hace camino andando y el estudio de nuestra realidad se hace mediante ensayo y error: solvitur ambulando. Así, cada teoría científica en la que se detectó algún defecto ha sido corregida o descartada debidamente.

   Ahora bien, tenemos dos tipos de procesos al usar la razón: deductivos e inductivos. Deducir es pasar de unas premisas hacia consecuencias necesarias. Únicamente un ser racional puede distinguir qué deducciones son válidas y cuáles no. Por ejemplo, de la premisa “en invierno hace frío” se deduce que si no hace frío, no es invierno; pero no se puede deducir que si no es invierno, no hace frío. Es posible presentar aclaraciones para entender esto, aunque si alguien no entiende por qué es así, entonces es irracional, y si pasa de no entenderlo a entenderlo, se vuelve racional (para este caso), pero es imposible usar argumentos racionales para convencer a alguien que dude de estos hechos.

   La sistematización del razonamiento deductivo es lo que llamamos lógica, la cual es para el ser racional lo que las reglas del ajedrez para el ajedrecista, o lo que es la gramática para el hablante nativo de un idioma. Con esto quiero decir que la lógica es sólo una forma de establecer reglas de razonamiento, de sistematizar lo que ya sabemos, y no una manera de aprender algo que no sepa ya de antemano. No puedes encontrar la verdad con la lógica si no la has encontrado ya sin ella. (Y añadiría “con mucha intuición”.) De este modo, al menos en teoría, la lógica nos permite llevar el razonamiento a un proceso puramente mecánico —con ello, podríamos incluso llevar nuestro razonamiento a un computador. En alusión a lo que discutíamos en el párrafo anterior, es sencillo enseñar (en principio) a cualquiera (incluso a una máquina) a distinguir entre deducciones consideradas lógicamente válidas por los seres racionales y cuáles no. Pero lo que debemos comprender es que un ser racional no tiene, en principio, que aceptar los razonamientos de la lógica formal para ser considerado como un ser racional, mientras que aquellos razonamientos que la lógica formal da por falaces deben ser en efecto rechazados. (La justificación por que esto es así puede verse al analizar la implicación material “si… entonces…” desde la perspectiva “no (… implica…)”, sobre la cual ya discutí algo al respecto en una publicación previa.) Continuando maliciosamente, uno puede preguntarse si es ilógico no fiarse de la lógica, lo que es una conclusión a la que no llegaría un ser racional; muy por el contrario, puede ser una de las muchas excentricidades que abraza un ser irracional. Pero lo bueno es que los errores lógicos son rara vez la causa de las afirmaciones contradictorias sobre una misma cuestión: es fácil rectificar un error lógico. (¿Por qué?)

   Por otro lado, la capacidad deductiva por sí sola no es fundamental y, por ende, no es la fuente de las disparidades de la visión del mundo. Salvo que apuntemos a una tautología como “hace frío, a menos que no haga frío”, siempre podemos seguir en el proceso premisas–consecuencias y, luego, usar esas consecuencias como premisas y seguir produciendo nuevas consecuencias, así sucesivamente hasta que tarde o temprano nos topemos con premisas que no son consecuencias deducibles de ninguna de las anteriores. El gran problema es determinar cuando esta clase de premisas son aceptables. (Por ejemplo, el término axioma se usa para denotar este tipo de premisas en las matemáticas, siempre que antes se haya demostrado que estas premisas son lógicamente válidas, pero esto es otra historia.) También tenemos que tener en cuenta que este problema sobre las “premisas primarias” es resuelta sencillamente inventando soluciones ad infinitum; por ejemplo, cuando se interroga a algún fanático de cualquier creencia, éste siempre tendrá “respuestas” cada vez más elementales, siempre podrá responder a cada “por qué”. Defender este tipo de argumento no está reñido con la lógica. El problema se da cuando incontroladamente de producen las más diversas concepciones de la realidad. Así, a alguien se le ocurrió que cierto Dios creó el mundo en seis días y fundó una religión. Pero, ¿por qué seis días? Será porque lo dice la Biblia. Porque lo que la Biblia contiene es verdad. ¿Por qué es verdad? Porque Dios nos la reveló. ¿Por qué Dios no revela falsedades? Así, sucesivamente. Tal vez, algunas ya no quieren dar un paso más y así hemos llegado a un dogma de fe; lo que ya los define como irracionales, lo que a su vez afecta a sus teorías. (Por experiencia con los testigos, es más usual que siempre puedan seguir generando nuevas premisas, lo que, según ellos, jamás les quita su condición de seres racionales.) De modo que, cualquier afirmación añadida a una teoría, sin justificación racional, es un dogma. Por ende, la ciencia es producto de la razón cuando descarta cualquier dogma. Lo que nos lleva a preguntarnos si existe una manera de añadir tales afirmaciones de manera racional, mediante un proceso distinto a la deducción, y que nos permita no considerarlas dogmas. Esto nos daría una premisas legítimas para continuar con nuestra investigación sobre la realidad. ¿O acaso nos debemos resignar? ¿Toda concepción de la realidad es necesariamente dogmática? (Por lo tanto, subjetiva.) ¿O es posible una teoría objetiva, carente de dogmas?

   Entonces existen afirmaciones que no proceden de una deducción, las que además debemos considerar para construir una teoría racional de la realidad. De esta clase de afirmaciones decimos que son empíricas y que proceden directamente de la experiencia sensible. Por ejemplo, “sabemos” (aproximadamente) que todos los días el sol sale a la misma hora, pero esto no procede de ningún proceso deductivo, sino que el amanecer es parte de nuestras experiencias del mundo. Negar cualquier cosa que experimentemos sobre la realidad también nos lleva ser irracionales. Aunque las afirmaciones empíricas no son muy interesante para deducir hechos sobre la realidad: “amanece todos los día” es algo que llevamos experimentando hasta el momento, pero no nos garantiza que mañana sucederá; de manera que la afirmación “todos los días amanece” no es un hecho empírico. Lo que nos lleva a considerar que a partir de nuestras experiencias no podemos deducir el amanecer, sino inducir que ha de ser así todos los días. No obstante, hay quienes afirman que el que haya amanecido hasta ahora no nos garantiza que mañana será igual. Quienes afirman esto son los escépticos y tienen razón: esa deducción no es lógica. Si las inducciones fueran lógicas no habría que distinguir entre deducciones en inducciones. Por eso dijimos que no es una deducción, sino una inducción.

   Ahora bien, todo razonamiento que hagamos sobre la realidad y que resulte interesante no sólo ha de partir de premisas empíricas, sino también de afirmaciones obtenidas inductivamente de datos empíricos, afirmaciones generales que nos servirán para hacer razonamientos deductivos. Por ejemplo, un razonamiento válido sería el siguiente: (1) [Afirmación inductiva] todo los días amanece casi a la misma hora, (2) [Afirmación empírica] Hoy amaneció a las seis, (3) [Deducción] Mañana amanecerá a las seis, y (4) [Deducción] si quiero ver el amanecer, tendré que estar despierto antes de las seis. Por tanto, un ser racional estará minutos antes de las seis para presenciar el amanecer. Si fuera escéptico, pasaré toda la noche en vela, pues mañana podría amanecer a cualquier hora. Con esto tenemos que el escepticismo, si bien funciona como actitud vital, es la forma más radical de irracionalidad, pues niega los razonamientos inductivos y, en consecuencia, la capacidad de extraer cualquier afirmación no trivial sobre la realidad. Quizá se podría pensar que no estamos siendo justos con el escéptico, pues aún no fundamentamos nuestra seguridad que mañana amanecerá a la misma que hoy aproximadamente. De modo que la inducción es la respuesta al todo y la nada: o soy dogmático (aceptando arbitrariedades), o soy un escéptico radical (negando cualquier premisa empírica), o bien admito hechos inductivos. Y con esto último, podemos afrontar racionalmente las cuestiones acerca de la realidad, lo que nos lleva a la ciencia tal como la conocemos. En consecuencia, concederíamos al escéptico que la ciencia nos dice “así es (más o menos) la realidad o bien no tenemos idea de cómo es”, pero si quisiera poner un despertador para ver el amanecer he de elegir hora y minutos, y de entre muchas combinaciones nos dividimos entre dos grupos: quienes eligen opción racional y quienes eligen cualquier otra cosa (de las 1439 = 24×60-1 hora–minutos posibles). Por lo tanto, la razón tiene inherente al razonamiento inductivo; por eso también está sistematizado: así como dijimos que la lógica es el análisis de las deducciones y nos permite distinguir una deducción válida de otra que aparenta serlo pero no lo es, el método científico evalúa las inducciones aceptables para descartar los dogmas o cualquier teoría caprichosa que no sea más que invención de una mente irracional.

   Para poner en contexto lo dicho en el párrafo anterior: sabemos que la muerte es algo irreversible, es decir, los muertos no resucitan. No obstante, alguien podría “inducir” algo como: un muerto no resucita a menos que sea hijo de Dios. (Incluso podríamos agregar “o que un hijo de Dios decida resucitarlo”.) Sin embargo, a pesar que ambas afirmaciones son ciertas (desde un punto de vista lógico), pues se cumple la primera parte de la afirmación que es “un muerto no resucita”, debemos tener en cuenta que no podemos aceptar ambas como inducciones válidas —quienes crean en Jesucristo, seguramente preferirán la segunda. El método científico requiere que a una inducción no sólo no se le pueda refutar su posibilidad (pues casi todos los dogmas son posibles), sino que debemos restringirnos a los estrictamente necesario en base a las datos conocidos. Por ejemplo, quienes tienen rechazar algo como la navaja de Ockham, son quienes están interesados en considerar “extras” en la concepción de la realidad. (No por ello la navaja carece de tractores, pero es un tema distinto al tratado acá.)

   En conclusión, la racionalidad o irracionalidad de una teoría depende de la información disponible, sin malversar los datos empíricos y que puede ser desestimada a la luz de nuevas evidencias: un ser racional adapta sus teorías a los hechos. Mientras, un ser irracional querrá seguir sosteniendo dogmáticamente su teoría, modificando hechos no esenciales para manipular conveniente los hechos. En particular, no poseemos la conciencia última de la realidad. A ese nivel, nuestras dudas se vuelven inaccesibles, posibles sólo al pensamiento metafísico. De momento, la ciencia es la mejor descripción de la realidad que es producto de la razón y proveniente de un largo proceso de destilación, y que debe ser considerado por todo aquel que quiera se tenido como ser racional. Con esto no podemos afirmar que sea imposible que una persona pase de la irracionalidad a la ser alguien racional, pero averiguar acerca de esto concierne a la psicología (qué puede puede hacer el cerebro humano y qué no); además, la ética nos deja la cuestión de si es pertinente volver racional a alguien que se encuentre más feliz en su irracionalidad. (Salvo casos extremos; por ejemplo, quienes se niegan a vacunarse por motivos religiosos ponen en riesgo la salud pública: beneficiarios parásitos.) Adicionalmente, consideremos que la irracionalidad es también una cuestión de grado: empecinarse en creer que una persona resucitó no impide que alguien sea racional en toda cuestión distinta. Finalmente, repito la idea que puse en el quinto párrafo, es posible que la racionalidad exista en un plano distinto o independiente al humano, aún cuando una visión constructiva puede ser debatible y permitirnos entender su realidad más allá de la propia racionalidad, pero esto es un tema que podríamos ver luego.

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