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   El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo. Y una minoría puede tener razón; una mayoría siempre está mal… Partiendo del mismo comentario que me hacían la publicación anterior, es posible que esto tenga algún sentido: las elecciones presidenciales avivan las llamas de que somos una democracia :-p. Pero «la mayoría» puede cometer errores; por ejemplo, los últimos tres presidentes del Perú no han podido usar los recursos económicos para lograr cambios significativos —y estos presidentes son producto de la decisión de la mayoría. Me preguntaban, si la mayoría es siempre mala, ¿podemos concluir que la autocracia es superior a la democracia?

— 1. ¿Lo es? —

   Cuando uno dice «la mayoría siempre está mal», ¿qué quiere decir realmente? ¿Queremos decir que la mayoría es incapaz de tomar decisiones perfectas (suponiendo por el momento que es posible que un agente externo puede medir objetivamente la excelencia de dichas decisiones)? ¿Que con el sufragio universal, la mayoría de la gente decidirá sobre la base de una información mala (o imperfecta)? ¿U otro criterio? Y si siempre se toman decisiones malas, ¿cómo se pretende poner a individuos que tomen mejores decisiones en el poder?

   El problema con la autocracia, y los modos de ganar poder en las sociedades que tienden a la autocracia, es que lo constante en ella es la aptitud para ganar y retener el poder. Los únicos casos en los que ganar y retener el poder es beneficioso para una nación —es decir, la gente que vive en ese país— son cuando el bienestar general y la satisfacción de los sujetos juegan un papel significativo en la capacidad del dictador para continuar su gobierno. Así, en una dictadura que es débil, debe acoger a las masas o devenir en un golpe de Estado. Una forma democrática de gobierno es la sucesión de gobiernos que se ven obligados a satisfacer los deseos de la ciudadanía.

   Por supuesto, uno puede observar que la presión principal durante la selección en la carrera política en una democracia es también su capacidad para obtener y conservar el poder. La pregunta es entonces: ¿qué es necesario para que alcancen ese objetivo? Diferentes sistemas democráticos tienen muchas fallas, pero la peor de ellas —la susceptibilidad a grupos de presión o de intereses comerciales, siendo propensos a conflictos de intereses personales— no sólo se aplica a los burócratas en una dictadura, sino que son lo que clasificamos como corrupción, un no poder alcanzar los estándares previstos, en cualquier sistema.

   Por supuesto, una dictadura benigna, honesta y fuerte es concebible; de lo contrario, no habrían pensando en hacer el comentario que inicio esta pregunta. Sin embargo, concebir algo no es la mismo que la probabilidad de que suceda, o la fiabilidad. Históricamente, parece raro poder encontrar las condiciones para una dictadura sea benigna. Además, «benigno» no implica «bien informados», como tampoco lo popular hace que un gobernante, que es bien intencionado o incluso bien informado en algunos asuntos, no esté mal informados en otros temas.

   Para ciertas prioridades éticas y morales, como las tomadas durante la Ilustración en Europa —la libertad de circulación y establecimiento, libertad de expresión, etc.— una forma democrática de gobierno es el mejor esquema general que hemos encontrado para propiciar esas prioridades. Esto no quiere decir que estas formas de gobierno sean perfectas para lograr objetivos importantes (tal vez, como garantizar la integridad del medio ambiente), pero no tenemos experiencia con otra forma de gobierno que sea más fiable para cumplir esos objetivos; y, haciendo un eufemismo, las dictaduras tienen un registro muy irregular para alcanzarlos.

— 2. Comentarios finales —

   Platón investiga cinco formas ideales de gobierno. En orden descendente de virtud son: Aristocracia, Oligarquía, Timocracia, Democracia y Tiranía.

   La Aristocracia es el mejor gobierno (casi) por tautología, ya que en él rigen los mejores. No nos referimos a la aristocracia tradicional —la aristocracia terrateniente, monarcas, nobles etc. La Timocracia es la regida por los militares o propietarios o gente honorable. La Tiranía viene al final. La Democracia sólo está un nivel por lo que comentaba al inicio del primer párrafo.

   Las formaciones políticas reales son más complejas, ya que incorporan matices de todo esto en el cuerpo político; aunque, por supuesto, ciertas características predominan. Aristóteles, por ser un filósofo empírico más que idealista estaba a favor de los gobiernos mixtos.

   La autocracia, en la forma de Tiranía, es la peor forma de gobierno. La autocracia en la forma de una Monarquía (a falta de un término mejor), que está primero entre las aristocracias (en el sentido de Platón), es la mejor forma gobierno.

   Cabe destacar que esta jerarquía se refleja más o menos en el sistema tradicional de castas de la India —en orden descendente— brahmanes (mejores o sabios), khastriyas (militares), vaishyas (mercaderes o ricos) y shudras (población generalmente obrera).

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   Conversaba con un amigo una de las películas sobre el universo de Star Wars. Me comentaba que el Emperador sólo quería crear un nuevo sistema político y que la democracia (que ya existía) era el único sistema político existente que se aplicaba en todos los sistemas del universo. Luego, me preguntaba si esto es o bien lo mejor o lo correcto. Procuraré el porqué no creo que sea particularmente mejor ni correcto.

   Hay personas que suelen comentar sobre la «la tiranía de las masas», y Platón coloca la democracia por encima de la tiranía y por debajo de la aristocracia. El totalitarismo se entiende ampliamente como un modo de gobierno en el que no se reconocen las libertades individuales o colectivas en el sentido de una libertad de tener un modo de comportamiento que está explícitamente permitido por el gobierno y de cuya posesión o aplicación no se sucede un castigo por este gobierno. Como ocurre con casi todas las cosas, el totalitarismo no debe verse como algo que es blanco o negro, un sí o un no —desde luego, tiene matices. Podemos preguntarnos hasta qué grado la República Galáctica, la República de Platón, los Estados Unidos de América, la República del Perú o la Quinta República de Francia son totalitarias —o, por el contrario y yendo al punto, el grado en que estos países garantizan las diversas libertades y cómo hacen que esas garantías se apliquen. Las respuestas serán diferentes en cada caso y en diferentes épocas, debido a que la jurisprudencia de cada sociedad cambia con el tiempo.

   Ahora bien, sin tener claro cuáles eran las libertades que la República Galáctica garantizaba, es difícil decir hasta qué punto los sistemas galácticos estaban libres de la tiranía antes de que Palpatine se convirtiera en Canciller. Sin embargo, los episodios I, II y III muestran evidencia a la República como una organización tan incapaz de actuar que sus estados miembros van a la guerra sin la intervención efectiva por el Senado, y que en un momento dado se abandona el derecho de cambiar el Canciller, para que posteriormente se autorice acciones de guerra contra los Estados miembros y la orden Jedi sin evidencia significativa para el casus belli (precisamente en contraste con la crisis del Episodio I). Esto sugiere que la República estaba inicialmente libre de la tiranía, sólo para delegar sus capacidades y caer en un totalitarismo bajo el impulso de un orador carismático, lo que finalmente culminó con la disolución del Senado (durante la primera media hora del Episodio IV).

   Aparte de esto, no se trata de que «un solo sistema de gobierno» tiene que ver con el totalitarismo y si esta es la condición de la República Galáctica. Se suponía que la República debía gobernar toda la galaxia —si ignoramos las lindes de anarquía como Tatooine, pero sólo podemos decir que han participado de forma ambigua en la República cuando vemos las leyes de la República en términos absolutistas —aunque cada Estado miembro tenía su propio gobierno. (Por ejemplo, parecía que Naboo tenía un tipo no especificado de monarquía elegida.) Por lo tanto, está claro que la Galaxia tenía más de un «sistema de gobierno» en la historia de Star Wars; y en cualquier caso, esto no influenciaba a las libertades de los ciudadanos que estaban bajo la República (donde la ausencia de la libertad es la noción que define de totalitarismo).

   Como en todas las cosas, es esencial saber qué se entiende por cada término para poder responder estas preguntas, empezando por definir totalitarismo.

   Del estudio de nuestro comportamiento derivamos la ética. La democracia en nuestra sociedad no es más que un producto de la humanidad que se deriva de la ética. Es una de manera de responder específicamente a las situaciones que se manifiestan por nuestra actividad social. Pero desde la ética hay diversas maneras de implementarla para la vida en sociedad.

   Limitar la posibilidad de desarrollar a nuestra sociedad estrictamente bajo sistema específico es lo opuesto a la posibilidad de diversidad de las sociedades sin ningún tipo de ayuda para la supervivencia de ellas. Depender de un único sistema político pondría a la sociedad en desequilibrio para que afronte los posibles peores escenarios en su vida. Por ejemplo, hablar del poder del pueblo no es del todo pertinente. En circunstancias específicas, una democracia puede ser obviada cuando la aristocracia puede apoyar en un lapso. Durante la guerra mundial, había menos democracia; no obstante, la esencia de la democracia (poder del pueblo) y la aristocracia (mando directo del ejército) se ayudaban entre ellos para ganar la guerra.

   Así, no podemos asumir que la democracia es la fuerza más poderosa para cambiar la propia sociedad mediante la tiranía del pueblo. Necesitamos equilibrar los tipos de poderes de las que puede servirse una sociedad.

   Pensemos en un pequeña tribu donde cualquiera sabe acerca de todos (y sus padres). Se podría elegir a una persona para gobernarlos, quien es una persona que está primero entre personas iguales en un sentido simple para todos los miembros de la tribu.

   Platón trataba de la democracia en una Polis y la deplora como una caída de la aristocracia. En cierto sentido comparto su opinión: por qué sería contraproducente querer ser gobernado por el mejor. (Aunque esto debe tomarse con cuidado para evitar malas interpretaciones.) ¿La escala de la ciudad es parte de su argumento en contra de la democracia?

   El presidente Humala está sin duda en el primer lugar para sus partidarios, pero seguramente no los está entre todos los ciudadanos, a pesar de la existencia de la industria de las relaciones públicas modernas.

¿La democracia puede escalar con el tamaño del país, digamos Perú? ¿Puede escalar alguna vez a un país de tamaño (casi) subcontinental como lo Brasil?

   Si no son democracias, ¿qué son? Los llamamos democracias representativas (de la mayoría, como vimos en una publicación anterior). ¿Son algo más en realidad?

   Una respuesta posible puede ser dada por Rousseau en el Libro III del Contrato Social donde se encarga de la democracia: «Para que un Estado monárquico tenga una oportunidad de ser bien gobernado su población y extensión deben ser proporcionales a las capacidades de su gobernador. Es más fácil de conquistar que gobernar. Con una palanca lo suficientemente larga, el mundo se pudo mover con un solo dedo; para sostenerlo se necesita los hombros de Hércules. Por pequeño que sea un Estado, el príncipe casi nunca es lo suficientemente grande para él. Cuando, por el contrario, sucede que el Estado es demasiado pequeño para su gobernante, en estos casos raros también es mal gobernado, por cuanto el príncipe, en constante búsqueda de sus grandes diseños, olvida los intereses del pueblo, y lo hace por el mal uso de los talentos que tiene, que un gobernante de menor capacidad haría por falta de aquellos lo que no pudo el primero. Un reino debe, por así decirlo, expandir o contraer con cada reinado, de acuerdo a las capacidades del príncipe; pero, las habilidades de un senado de ser más constante en cantidad, el Estado puede entonces tener fronteras permanentes sin el sufrimiento de la administración».

   Hay filósofos políticos que argumentan lo contrario que una democracia de libre mercado es la única sociedad escalable. Tomemos por sentado, por un momento, que la gente se distribuye como Platón describe en La República con una elite de personas que conforman una minoría. Al necesitar tomar una decisión, estas personas con tomarían la mejor decisión. El problema es que no hay manera de que pudieran tomar todas las decisiones, e incluso si lo hubiera, la cantidad de información en la sociedad puede abrumar rápidamente su capacidad para tomarlas. En cambio, en las sociedades democráticas, donde la gente en su mayoría tienen la libertad de asociarse, decidirá las normas sociales para ellos y así sucesivamente, es maximizar la cantidad de información utilizada por la gente y ofrecer incentivos para que la gente ajuste sus decisiones con el tiempo, y por lo tanto llegar a mejores decisiones en el largo plazo. Pero en ambos casos está la cuestión de la reputación como hombre de ética. :-\

   Estamos viviendo los próximos comicios electorales; estaremos viendo algunos temas relacionados. A menudo vemos a los opositores políticos criticarse entre ellos por ser <> renunciando a la adecuada gobernabilidad. También, hay quienes están acusados de proxenetismo de votantes vendiendo sus declaraciones y postura política como si fueran un banco de votos.

¿A caso la democracia no se basa en la idea de que el populismo conduce al buen gorbierno? ¿Por qué los bancos de votos se consideran negativos? La idea misma de la democracia estable que debemos adoptar la posición de la mayoría.

   Tanto la democracia, así como el populismo, en su forma pura, son ideologías que implican un gobierno del pueblo por el pueblo o representantes elegidos por el pueblos. La democracia se centra en el gobierno para las personas independientemente de su clase. Por otro lado, el populismo se centra en la luchas entre la clase común y la clase que gobierna.

   El populismo presta su nombre a la práctica de formular políticas de apoyo entre los sectores más populosos de la población. Lo cual puede ser ejercido en un país democrático.

   Los bancos de votos son maniobras populistas para ganar el favor de una parte considerable de la población para asegurar la elecciones.

   Como tal, el populismo puede ejercerse como un medioa para ganar o retener el poder sobre las minorías a través de ganar el control sobre los grupos de interés de la mayoría. Lo que puede conducir a la tiranía por mayoría, una situación en la podemos debatir si popularidad equivale a legitimidad y en la que evaluamos cuando los deseos de la mayoría superan las necesidades de la minoría (o también sus deseos).

   Mientras un sistema de gobierno puede ser popular (no necesariamente de derecha) puede devenir en un camino largo de muy pequeñas mejoras.

   Ambas posturas están relacionas, pero en algunos casos puede ser opuestos. Como ejemplo, Venezuela es considerado hasta la fecha un país populista, pero pocos lo consideran un país con un gobierno democrático. Otro ejemplo, consideremos el cónsul romano Marius: era un populista en sus discursos y su agenda, pero ganó su séptimo consulado a través de medios violentos (no democráticos).

   En términos generales, la democracia se da cuando las personas tiene autoridad, por lo general en forma de instituciones formales que se rigen por la leyes establecidas. El populismo no es en sí una forma de gobierno, ya que es un tipo de retórica, especialmente una que hace un llamamiento a las diferencias de clase.

   Estuve leyendo algunos comentarios en foros de economía alternativos; por ejemplo, con temas relacionados con la corriente marxista. Es fácil ver que el ideario no ha cambiado en lo absoluto —desde al menos veinte años atrás, por una perspectiva personal. (Aclaro que no se puede considerar a Marx un marxista, y que lo dicho acá no mantiene ese prejuicio.)

   La cuestión es de si la cosificación (reificación) es algo que podemos superar.

   Unos grupos sólo ven el tema de manera superficial. Su análisis deja de lado por completo de lado el valor (sea lo que sea) aplicado a los artículos producidos y su idea básica es la fijación de precios de preferencia; lo que es la teoría de la relación entre el valor y el trabajo, algo en lo que persisten algunos marxistas.

   En particular, en el proceso de cosificación, la relación de los objetos con el hombre aparece como un estado de intercambio de mercancías; además, la conexión entre la teoría del valor–trabajo de los objetos cosificados, es decir, el precio, es algo obligatorio y no es posible superarla.

Lukács asumió este problema como una de las cuestiones filosóficas más importantes manteniendo la misma idea: “Antes de abordar el problema en sí, hay que tener muy claro en nuestras mentes que el fetichismo de la mercancía es un problema específico de nuestra era, la era del capitalismo moderno.”

   La cuestión radica en si el fetichismo de la mercancía es algo característico después de la revolución industrial o si las personas bajo el sistema feudal no tenían ningún fetichismo de la mercancía. ¿Incluso cualquier vendedor siempre termina hablando de dinero y objetos de valor? ¿El posible refutar la idea de que el fetichismo de la mercancía comenzó sobre todo después de la revolución industrial?

   Veamos la siguiente cita de Marx: “ Frente a esto, la forma de la mercancía, y la relación de valor de los productos del trabajo en la que aparece, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de la mercancía y las relaciones materiales derivadas del presente. No es más que la relación social definida entre los hombres mismos que asume aquí, para ellos, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas. En fin, por lo tanto, para encontrar una analogía debemos tomar vuelo en el cielo brumoso de la religión. Allí los productos del cerebro humano aparecen como figuras autónomas dotadas de una vida propia que se relacionan tanto entre sí y con la raza humana. Así es en el mundo de las mercancías con las manufacturas de los hombres. Yo llamo a esto el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo tan pronto como se producen como mercancías, y por lo tanto es inseparable de la producción de mercancías.” Esto es una crítica de la economía política, por lo que se refiere principalmente a la teoría del valor, pero no “cosas” en general.

   El fetichismo en general (a diferencia del fetichismo de la mercancía, en particular) es una antigua forma de pensar, algo que Marx reconoce claramente. Del mismo modo, Marx nunca sugiere que la codicia y la avaricia fueron inventadas por el capitalismo. Es un error en mi opinión (aunque muy común) extrapolar demasiado de las ideas de Marx en los ámbitos de la cultura, la psicología, etc.

   Cuando tomamos como origen a la revolución industrial, nos centramos en las fuerzas materiales de producción, en lugar de las relaciones sociales de propiedad y producción. Eso no es precisamente el punto de Marx. Para él, la mejora tecnológica es el resultado y no el origen del capital moderno. ¿Cuál es entonces su origen? Es la separación de los productores directos de los medios de producción, lo que Marx analiza en el capítulo “La llamada acumulación originaria”. La tierra se convirtió en una mercancía, los campesinos fueron desposeídos de su sustento. Ahora tenían que comprar los productos básicos con el fin de sobrevivir. Esta era una condición previa, ya que tiene lugar en Inglaterra antes de lo que conocemos como Revolución Industrial. La esencia misma del fetichismo de la mercancía es olvidar que la única “libertad” que brinda el intercambio de mercancías se basa en las relaciones subyacentes de la coerción y la explotación.

   Las formas de intercambio de mercancías han existido durante miles de años. Pero, antes del capitalismo moderno, no hubo una sociedad en la que el intercambio de mercancías fue el principio central de la reproducción social. Venecia era un caso excepcional y precoz de una ciudad–estado gobernada por una poderosa élite comerciante y con un alto grado de autonomía de la iglesia y la aristocracia. En ese sentido, era una sociedad caracterizada por el intercambio de mercancías. Se podría extender el concepto de fetichismo de la mercancía de Marx a ese contexto bajo cierta perspectiva. Pero hoy, el fetichismo de la mercancía es más generalizada y profundamente arraigada, a diferencia de cualquier sociedad anterior. Marx ve la Revolución Industrial como el punto de inflexión, porque fue entonces que la fuerza de trabajo en general se mercantiliza hasta el punto de que el capitalismo se convirtió en un modo de producción por derecho propio, totalmente independiente del feudalismo.

   La historia de la producción del valor de uso y valor de cambio es usada superficialmente para argumentar una búsqueda del dinero como si fuera algo primitivo. El modo de producción actual es mayor que antes, pero los argumentos que le buscan un rol protagónico en la historia de las mercancías y del dinero, previo de la revolución industrial, son muy pobres. La economía del hombre, por regla general, lo sumerge en sus relaciones sociales. Él no actúa para salvaguardar su interés individual en la posesión de bienes materiales, sino actúa para salvaguardar su posición social, sus reivindicaciones sociales, sus activos sociales; valora los bienes materiales sólo en la medida en que sirven a este fin. Lo que nos deja en consideración que ninguna sociedad podría, por supuesto, vivir por mucho tiempo, a menos que posea una economía (de algún tipo); pero, con anterioridad a nuestro tiempo, ninguna economía que haya existido fue controlada por los mercados… Las ganancias y los beneficios obtenidos en el intercambio nunca antes jugaron un papel importante en la economía humana.

   Suerte 😉

[Una viajecito y vuelvo. 🙂 ]

   Veía algunos programas de televisión y me llamó la atención las expresiones como “ahora contará su verdad” o “porque mi verdad es…” en clara alusión a la versión de los hechos que tienen las personas. Claramente, el usar esas expresiones podrían estar refiriéndose a las opiniones que tienen sobre lo sucedido. No obstante, creo que no. 😐 Pues bien, aunque este tema podrían caber en un debate de lógica y racionalidad, lo dejaré sólo en unos aspectos filosóficos del mismo.

[Volviendo de un cambio de aires y yendo a unas vacaciones. 🙂 (Qué falta hacen.) Suerte, estimado y estimada.]

   Estuve leyendo algunas publicaciones y comentarios respecto al tema. Me parece que es algo generalizado: muchas personas no creen en la “verdad”, tampoco que exista una posibilidad de que existe (suceda) “algo”. Por ello, pensé que el siguiente escenario puede resumir parte lo que deseo tratar: nadie puede demostrar que bebí yogur esta mañana, incluso como pueden existir miles de indicios que apunten al hecho que en realidad lo hice. Por ejemplo, varias personas que estuvieron conmigo podría confirmarlo; pero pueden mentir. Se podría revisar el paquete de yogures y ver si falta uno; pero no demuestra que fue el mío. Podrían haber fotos o vídeos míos en los que bebo yogur; pero podrían ser retocadas o de ayer. Incluso, en una autopsia podrían hallar yogur en mi cuerpo, no es probable al ciento por ciento que yo bebiera ese yogur. Así sucesivamente, siempre hay razones por las que podría no haber bebido. Parece algo que no se puede probar.

¿Nunca podremos probar que algo sucedió (o que es real)? Y, de ser cierto, ¿tampoco podremos probar algo que no es real?

   Pues, esto se debe a que las personas inventaron palabras como “posiblemente”: si una persona consume habitualmente yogur cada mañana, esperaré que mañana vuelva a consumir yogur, aunque por supuesto hay una pequeña posibilidad de que no lo haga. (Notar que las palabras “posiblemente” y “probablemente” poseen significados distintos, pero no hago esa distinción aquí porque usualmente se entiende una posibilidad como algo que puede o no suceder en alguna medida del emisor del mensaje.)

   Esa pequeña posibilidad es hacia donde se dirige la atención del escéptico: el escepticismo per se, conocido como pirronismo. Pero esto no nos llevará muy lejos; como herramienta es útil, pero en ocasiones carece de sentido cuando necesitamos emitir un juicio —que Kant designa como una facultad del hombre como ser racional. (Esto puede verse algo más de detalle en una publicación anterior sobre la racionalidad.)

   La duda, como método, atrae más atención de la que merece, probablemente debido a cómo Descartes la usó, y se puede pensar que ha sido añadida a las matemáticas y a las ciencias como un método indispensable; lo que es —pero no debería, a expensas de otros métodos, como el razonamiento por analogía.

   Kierkegaard, por ejemplo, ignoraba a los discípulos de Descartes que usaban la duda de la manera en que mencionamos antes, mientras que aprobaba el uso que le daba Descartes sobre sí mismo —en tanto el uso era “honesto”, como un medio hacia algo, pues era un proyecto positivo —una epistemología, en la que él era un afirmador en lugar de un negador que utiliza la duda como un niño —diciendo “no, esto no puede ser verdad” y “ni tampoco lo otro” o “nada puede ser verdad cuando todo puede ser verdad”.

   Recoger una fruta, ¿no se siente real? Bueno, entonces es real. Cuando los filósofos hablan de la realidad de las cosas, a menudo utilizan la palabra real en un sentido diferente al que consideramos usualmente; un ejemplo clásico es interpretar “real” como “lo que es permanente y eterno”: la manzana no es real en este sentido —es posible que comerla; en este sentido tenemos lo único parmenidiano, es decir, los quarks o Dios.

   Por otro lado, podemos considerar como bayesianos a quienes piensan en ese sentido. Para un bayesiano no es tanto que todo es una opinión o que no hay verdad. Más bien sucede que su marco para de aprender la verdad no permite la certeza. Hay una razón práctica para esto: cada evidencia (datos) que reciben debería ser capaz de cambiar la probabilidad de un hecho. (Respecto a la “certeza en la verdad”: lo hace. De hecho, se debe a que en ningún problema de probabilidad está bien definida. Las probabilidades de todos los posibles resultados mutuamente excluyentes tienen que sumar uno, por lo que la probabilidad de que sólo alguno de ellos ocurra —que es una certeza— deben ser uno.)

   Por ejemplo, bajo el enunciado “bebió yogur esta mañana”, teniendo en cuenta que no bebió yogur esta mañana, esta declaración se hace muy probable. Pero entonces, ¿cómo hacemos para procesar evidencia que apunta en sentido contrario? ¿Qué pasa si alguien dice que usted no bebe yogur esta mañana porque ya está tarde?

   Otro aspecto de la aproximación bayesiana es que nos vemos obligados a tomar decisiones específicas acerca de la realidad. Así, a lo mejor nos vemos obligados a apostar con alguien más si usted bebió yogur esta mañana; en la práctica, esta incertidumbre a menudo se derrumba ante la necesidad de tomar una decisión en particular. (Puede verse más al respecto en una publicación anterior sobre deducción.)

   Como despedida, podemos resumirlo con la siguiente historia: una vez tuve un sueño que Aristóteles explicó su filosofía para mí, y yo lo refuté. Entonces Platón hizo lo mismo, y me refutó. Entonces todos los grandes filósofos occidentales y orientales aparecieron, y refutaron todas sus filosofías. Me desperté y escribí la refutación, y volví a dormir. A la mañana me di cuenta de que yo había escrito “¿En serio? Eso es sólo su opinión, amigo”.

   Suerte. 🙂

¿Por qué cuando alguien manifiesta alguna afirmación sobre la conciencia, las personas reaccionan afirmando o debatiendo con toda seguridad? Este tema no va sobre la conciencia, pero he visto que “casi” todos tienen la licencia suficiente para hablar con rotunda seguridad: la afirmación que la conciencia habita de manera inescrutable en nosotros. Nos sentimos dueños de lo que se puede decir sobre ella porque la usamos, nos dicta cosas, es parte esencial de nuestro aparato cognoscitivo, el mismo que guía nuestro día a día. Entonces, ¿por qué creer que no sabemos nada contundente de ella? Algo similar sucede con el pesimismo, sentimos que es algo negativo porque, no importa cuan mal veamos las cosas, somos capaces de guiar nuestros pensamientos hacia algo mejor, que sucederá a toda la negatividad que habita en nuestra realidad. En ambos casos, investigadores muestran los resultados de sus análisis y hallan un campo minado por esas licencias que nos tomamos. He aquí un enfoque con el que pretendo abordar el tema.

   Como comentábamos en una publicación anterior, podemos hallar (o inventar) una premisa a cada afirmación planteada con el objetivo de mantener una deducción racional hacia el hecho que consideramos cierto. Cuando un creyente se detiene en tal proceso, dice que es un dogma de de fe, que Dios es la primera causa, el origen de todo (especialmente lo bueno) de nuestra realidad. El Dios de los filósofos tiene un origen similar: es la substancia que da soporte a la realidad; por ejemplo, las leyes de la naturaleza, el espíritu absoluto de Hegel o el Dios de Spinoza; pero liberado de toda la parafernalia de las religiones (la que no obstante, mantiene el análogo de quien analiza la cuestión; pero esto es otro tema que veremos después).

   Entonces, no dudamos que hay algo detrás del telón que precede a nuestra realidad. Esta distinción básica de la naturaleza de la realidad es la que escinde nuestros juicios sobre ella en fenómeno y noúmeno. En primer lugar, el fenómeno es lo que opera en nosotros, en nuestro aparato cognoscitivo, de dos maneras: la intuición y el entendimiento. La intuición es los que percibimos en una dimensión espacio–temporal mientras el entendimiento categoriza los conceptos según sus cualidades, cantidad y relación entre ellos. La suma de ambos, intuición más entendimiento, produce el conocimiento del mundo fenoménico, es decir, lo susceptible a la intuición empírica, el mundo de nuestras experiencias. Por otro lado, lo que no es así susceptible es lo que se llama noúmeno: aquello que aparece cuando el mundo se agota en su perceptibilidad en los objetos de nuestra experiencia, mente y razón; es decir, el consumo del aparato cognoscitivo.

   Todo cuanto queda nos aparece como una cosa en sí misma de aspecto ilusorio, lo que bien puede ser origen de toda las multiplicidades fenoménicas, el origen del que hablábamos antes. Sin embargo, ¿dónde está el noúmeno? Pues bien, si sabemos que hemos de tener un principio para esas multiplicidades —un algo detrás de todo, esta fuerza elemental, la energía básica, de lo que todo se deriva—, entonces aparece la noción de lo que aquí llamaremos la pulsión de toda percepción (realidad, vida, etc.): pulsión que es manifestación de la misma fuerza o energía cósmica. Metafóricamente, la pulsión, la fuerza o energía, que da vida —a nosotros, un animal, una flor— y, en el tiempo, nos lleva hacia la muerte en tanto es independiente de todo, nada la antecede y todo deriva.

   Esto es la metafísica de lo fundamental, del mar que soporta la cresta de la ola que somos cada uno de nosotros y, para la cual, somos insignificantes, pues nunca descansa. Y es aquí donde empezamos con el pesimismo. En ese incesante devenir no hay plenitud. Ninguna dialéctica (humana, demasiado humana, et tertia non datur) puede llevarla a la calma. Algo que podemos percibir en Nietzsche y Freud: el inconsciente del hombre, las pulsiones que ponen en tela de juicio la autonomía de la razón, una ventana a la que no podemos asomarnos con la seguridad de saber aquello que pudiéramos ver.

   Se manifiesta en nuestra búsqueda perpetua de la felicidad, inalcanzable por la naturaleza misma del deseo (que tenemos por algo). Ese deseo que es la expresión de una falta, una carencia, una necesidad (o peor, el capricho que volvemos necesidad), y por hallarnos en un estado de deseo, sufrimos; lo que resulta en que son expresiones dolorosas. Mas, cuando por fin se alcanza lo deseado, se suprime el dolor y experimentamos la felicidad. Pero no es sino un rito de paso por la felicidad que es sensación temporal de la supresión del deseo , la misma que nos da un placer de posesión que se verá disminuida para luego desaparecer surgiendo nuevos deseos.

   Como resultado obtenemos una experiencia que vivimos en un sentido negativo y no positivamente. Por ejemplo, la oscuridad, en tanto ausencia de luz, es a la felicidad, en tanto ausencia de sufrimiento o dolor: las estrellas consumen su combustible, una vela agota su flama, una vida se apaga. En vez de ser algo en sí mismos, la luz como la felicidad obedecen a una experiencia de consumo, a cada paso disminuyen. Y así, en este mundo metafísico, la naturaleza de la realidad, de las pulsiones, se manifiesta en conflicto: no hay nada de optimista en el fin de la violencia, la codicia, las guerras, porque no pueden transformase racionalmente, he ahí la esencia por que conocemos a un mundo que no es en su fundamento racional, sino una crueldad —sin sentido.

   De este modo, la razón no es la fuente de la ética ni la moral, sino algo instrumental, pues la razón es sólo la abstracta obligación que genera la representación del sufrimiento (a curar). Lo que se necesita además de razonar, es sentir… sentir esas pulsiones, experimentar, sufrir con ellos; lo que no es otra cosa que la definición de compasión como base de la ética. Y ya que, en este sentido ontológico, somos solidarios, podemos por ello actuar (sentir): al ver un gato perdido en medio de un tránsito feroz, éste no comprende lo que sucede, y por ello lo vemos patético. Pero nosotros sabemos de qué se trata: sigue siendo una desgracia, pero al menos tiene sentido porque sabemos. Y podemos actuar. A partir de ello hacia la desgracia de nuestra situación, entendemos el por qué (aunque cueste llegar al “¿qué hacer?”).

   La raíz de la maldad, su fuente, es ser esclavo de las pulsiones, como un adicto a su droga. Mientras sigamos siendo guiados las pulsiones de nuestro ego, deseando y tratando de poseer cuanto pueda, acabaremos sufriendo. El desprendimiento de esto consiste en la fertilidad: crear, pasar por una virtud o un arte. Pues mientras el intelecto y el ego están al servicio de las pulsiones —tiñendo nuestra percepción de objetivos y esfuerzos por las pulsiones, tenemos por otro lado que el producto de nuestras virtudes son contemplativas y no apetitivas. Calmando el descontrol del ingreso de las pulsiones: no dejaremos el sufrimiento, pero agotaremos su capacidad de concentración.

   Ahora, es seguro que cuando vea a alguien tildado de pesimista, recordaré que no todos razonan sobre nuestro lugar en la realidad y lo que realmente es la fuente del pesimismo. Al menos, espero no se trate con contundencia peyorativa o ignorante.

P.S.

—Nada es justo. A lo más a lo que podemos aspirar es a que sea lógico. La justicia es una rara enfermedad en un mundo por lo demás sano como un roble, un mundo donde lo único bueno que nos deja el pasado es la historia, una que no tiene tiempo para ser justa, y como frío calculador no toma en cuenta más que los resultados.

—Hay dos tipos de compasión: una que es sólo una defensa instintiva del alma —una respuesta al dolor ajeno, que no se compromete; mientras que la otra, aquella que es realmente con–pasión, que es consciente de la realidad, que está dispuesta a llegar a las últimas consecuencias, aun a costa del propio bien, es la verdadera.

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