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   Hace un par de días un amigo, César Verde, compartía un artículo sobre la situación de la matemática en el Perú; en sus palabras: “Un estudio realizado por el investigador Alvaro Delgado, una de las razones por la que el Perú figura en último lugar en el último lugar en matemática, según el último examen internacional Pisa, se debe a que la mayoría de los estudiantes peruanos dicen: ‘si estudio matemática, no voy a conseguir enamorada’. En lugar de estar asociada con la solución de problemas, creatividad, construcción, ingeniería y afines, la matemática es vista como un obstáculo para la vida social.”

   Uno puede ver un panorama interesante y desolador, para un investigador social y para un espectador de nuestra sociedad, respectivamente. No me gusta la idea de “adaptar a la moda, actualizar la imagen” de los estudiantes de matemáticas. No obstante, la idea de ser sede de un evento matemático es una idea bastante antigua (incluso aplicada en ciertos contextos por pocas organizaciones), que si hubiera sido considerada por las personas pertinentes, no leeríamos artículos como el mencionado. (Supongo que es de poco interés para las estructuras sociales.)

   Pienso que el problema de fondo —y esto es estrictamente personal— es en parte un “proceso” que ha desvirtuado en nuestra sociedad la idea de un matemático. Si ya carecíamos de programas educativos en comunicación, arte, música, etc., era puro sentido común darse cuenta que con la matemática esto es peor; sino comparemos con la realidad japonesa, aunque hay mejores ejemplos, pero leí sobre ellos hace mucho, mucho, tiempo atrás: usando algún buscador web debe ser posible hallarlos.

   Personalmente, me ha costado saber qué es hacer matemáticas y, más aún, cómo hacerlas. Ni imaginar cómo estarán las personan que han tenido menos contacto con libros de (verdaderas) matemáticas.

   Es evidente concluir que usando las mejoras en redes de comunicación e internet podríamos mejorar la divulgación (incluso se podría diseñar redes basadas en ondas radioeléctricas y llegar a más lugares donde la internet no puede —algo que conversé con un ingeniero de telecomunicaciones del ejército, pero llegamos a la conclusión que requiere inversión civil). Sin embargo, sigue latente el “para qué aprender”. (Por cierto, estoy preparando una publicación para mi bitácora sobre algo similar respecto a la filosofía.)

   Sobre lo último, pongo un ejemplo que puede permitir extrapolar una posible solución (no digo una definitiva ni factible). Considera la realidad sobre los “realities” actuales: ¿por qué unos sujetos que arman torres con vasitos, que tienden a “lacearse” el cabello, que, en resumen, hacen lo mismo que una persona de su edad hacía en el colegio son considerados íconos para la mayoría de la juventud? (¿Es que serán mentalmente niños?) La respuesta más simple es que sucede esto por la falta de “personajes icónicos” en otros aspectos. Veamos: tres a dos décadas atrás, la gente joven quería emular al “cholo Sotil” porque era el “ídolo de multitudes”, y ese deseo de emularlo invocaba tener disciplina (no quiero decir que todo era bueno, pero, vamos, se entiende mi punto: quienes querían ser como él necesitaban mantenerse entrenando, no hacer desarreglos; una vida desordenada era inconcebible.).

   En consecuencia, creo que falta que los paradigmas de matemáticos sean reconocidos en sociedad y, para ello, es necesario poner seriedad en la aplicación de las matemáticas en nuestras profesiones, cuya formación matemática es deficiente en muchos de los programas de estudio (al menos en ingeniería) de varias universidades (este tema está harto tratado, así que no comentaré más sobre ello).

   Sólo para que lo dicho en el párrafo anterior no quede en simples palabras, pongo un ejemplo que sucedió en una reunión de ingenieros de software: imagina un “programador” que tiene que mostrar una “valoración” de ciertos productos en función de los votos positivos y/o negativos de los usuarios. Veamos cómo proceder:

  1. valoración = (votos positivos) – (votos negativos). El problema aquí es que si tienes un producto con 60 votos positivos y 40 negativos: tiene 60% positivo. Supón un segundo producto con 550 votos positivos y 450 votos negativos: 55% positivo. Esto ubica al segundo producto con valoración=100, pero únicamente 55% positivos, sobre el primer producto con valoración=20, pero con 60% positivos. Error.
  2. valoración = promedio de votos = (votos positivos) / (total votos). También es un error: supón un primer producto que tiene 2 votos positivos y 0 votos negativos. Supón un segundo producto con 100 votos positivos y 1 voto negativo. Esto pone el segundo producto debajo del primero. Error.

La respuesta adecuada a la situación es usar el límite inferior del intervalo de confianza de Wilson para un parámetro de Bernoulli, que está bien documentada, cuya implementación puede ser trivial (incluso se puede programar en SQL) si uno fija el nivel de confianza de antemano.

   El problema de fondo es que “los profesionales” cometen este tipo de “sutilezas” a niveles que uno podría imaginar que es imposible que ocurran (v.g., uno de los ejemplos es de Amazon), y, lo peor, se justifican invocando a la filosofía KISS. (No digo que sea un error seguir los principios KISS, pero es análogo a querer adaptar, por ejemplo, los principios del catolicismo a mis gustos, sólo para justificar mis pecados.)

   Finalmente, ¿qué puede hacer el estado? Evidentemente necesitan un faro, una persona cabal que dirija las tareas:

  • Recluta, recluta, recluta… con las condiciones adecuadas.
  • Rompe el concepto de exámenes y asistencia a clases.
  • Realizar proyectos aplicables y publicables.

Así dicho, parece pura cháchara. Pero es un resumen de la receta de Solomon Lefschetz, quien llevó a Princeton, y el Edificio Fine, a ser el Olimpo matemático en la pos-guerra. (Sólo para precisar, el proceso de Princeton empezó justo antes de la pos-guerra, pero fue en esta época cuando alcanzó su auge.)

   Ya veremos…