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   Estuve leyendo algunos comentarios en foros de economía alternativos; por ejemplo, con temas relacionados con la corriente marxista. Es fácil ver que el ideario no ha cambiado en lo absoluto —desde al menos veinte años atrás, por una perspectiva personal. (Aclaro que no se puede considerar a Marx un marxista, y que lo dicho acá no mantiene ese prejuicio.)

   La cuestión es de si la cosificación (reificación) es algo que podemos superar.

   Unos grupos sólo ven el tema de manera superficial. Su análisis deja de lado por completo de lado el valor (sea lo que sea) aplicado a los artículos producidos y su idea básica es la fijación de precios de preferencia; lo que es la teoría de la relación entre el valor y el trabajo, algo en lo que persisten algunos marxistas.

   En particular, en el proceso de cosificación, la relación de los objetos con el hombre aparece como un estado de intercambio de mercancías; además, la conexión entre la teoría del valor–trabajo de los objetos cosificados, es decir, el precio, es algo obligatorio y no es posible superarla.

Lukács asumió este problema como una de las cuestiones filosóficas más importantes manteniendo la misma idea: “Antes de abordar el problema en sí, hay que tener muy claro en nuestras mentes que el fetichismo de la mercancía es un problema específico de nuestra era, la era del capitalismo moderno.”

   La cuestión radica en si el fetichismo de la mercancía es algo característico después de la revolución industrial o si las personas bajo el sistema feudal no tenían ningún fetichismo de la mercancía. ¿Incluso cualquier vendedor siempre termina hablando de dinero y objetos de valor? ¿El posible refutar la idea de que el fetichismo de la mercancía comenzó sobre todo después de la revolución industrial?

   Veamos la siguiente cita de Marx: “ Frente a esto, la forma de la mercancía, y la relación de valor de los productos del trabajo en la que aparece, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de la mercancía y las relaciones materiales derivadas del presente. No es más que la relación social definida entre los hombres mismos que asume aquí, para ellos, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas. En fin, por lo tanto, para encontrar una analogía debemos tomar vuelo en el cielo brumoso de la religión. Allí los productos del cerebro humano aparecen como figuras autónomas dotadas de una vida propia que se relacionan tanto entre sí y con la raza humana. Así es en el mundo de las mercancías con las manufacturas de los hombres. Yo llamo a esto el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo tan pronto como se producen como mercancías, y por lo tanto es inseparable de la producción de mercancías.” Esto es una crítica de la economía política, por lo que se refiere principalmente a la teoría del valor, pero no “cosas” en general.

   El fetichismo en general (a diferencia del fetichismo de la mercancía, en particular) es una antigua forma de pensar, algo que Marx reconoce claramente. Del mismo modo, Marx nunca sugiere que la codicia y la avaricia fueron inventadas por el capitalismo. Es un error en mi opinión (aunque muy común) extrapolar demasiado de las ideas de Marx en los ámbitos de la cultura, la psicología, etc.

   Cuando tomamos como origen a la revolución industrial, nos centramos en las fuerzas materiales de producción, en lugar de las relaciones sociales de propiedad y producción. Eso no es precisamente el punto de Marx. Para él, la mejora tecnológica es el resultado y no el origen del capital moderno. ¿Cuál es entonces su origen? Es la separación de los productores directos de los medios de producción, lo que Marx analiza en el capítulo “La llamada acumulación originaria”. La tierra se convirtió en una mercancía, los campesinos fueron desposeídos de su sustento. Ahora tenían que comprar los productos básicos con el fin de sobrevivir. Esta era una condición previa, ya que tiene lugar en Inglaterra antes de lo que conocemos como Revolución Industrial. La esencia misma del fetichismo de la mercancía es olvidar que la única “libertad” que brinda el intercambio de mercancías se basa en las relaciones subyacentes de la coerción y la explotación.

   Las formas de intercambio de mercancías han existido durante miles de años. Pero, antes del capitalismo moderno, no hubo una sociedad en la que el intercambio de mercancías fue el principio central de la reproducción social. Venecia era un caso excepcional y precoz de una ciudad–estado gobernada por una poderosa élite comerciante y con un alto grado de autonomía de la iglesia y la aristocracia. En ese sentido, era una sociedad caracterizada por el intercambio de mercancías. Se podría extender el concepto de fetichismo de la mercancía de Marx a ese contexto bajo cierta perspectiva. Pero hoy, el fetichismo de la mercancía es más generalizada y profundamente arraigada, a diferencia de cualquier sociedad anterior. Marx ve la Revolución Industrial como el punto de inflexión, porque fue entonces que la fuerza de trabajo en general se mercantiliza hasta el punto de que el capitalismo se convirtió en un modo de producción por derecho propio, totalmente independiente del feudalismo.

   La historia de la producción del valor de uso y valor de cambio es usada superficialmente para argumentar una búsqueda del dinero como si fuera algo primitivo. El modo de producción actual es mayor que antes, pero los argumentos que le buscan un rol protagónico en la historia de las mercancías y del dinero, previo de la revolución industrial, son muy pobres. La economía del hombre, por regla general, lo sumerge en sus relaciones sociales. Él no actúa para salvaguardar su interés individual en la posesión de bienes materiales, sino actúa para salvaguardar su posición social, sus reivindicaciones sociales, sus activos sociales; valora los bienes materiales sólo en la medida en que sirven a este fin. Lo que nos deja en consideración que ninguna sociedad podría, por supuesto, vivir por mucho tiempo, a menos que posea una economía (de algún tipo); pero, con anterioridad a nuestro tiempo, ninguna economía que haya existido fue controlada por los mercados… Las ganancias y los beneficios obtenidos en el intercambio nunca antes jugaron un papel importante en la economía humana.

   Suerte 😉

[Una viajecito y vuelvo. 🙂 ]

   Veía algunos programas de televisión y me llamó la atención las expresiones como “ahora contará su verdad” o “porque mi verdad es…” en clara alusión a la versión de los hechos que tienen las personas. Claramente, el usar esas expresiones podrían estar refiriéndose a las opiniones que tienen sobre lo sucedido. No obstante, creo que no. 😐 Pues bien, aunque este tema podrían caber en un debate de lógica y racionalidad, lo dejaré sólo en unos aspectos filosóficos del mismo.

[Volviendo de un cambio de aires y yendo a unas vacaciones. 🙂 (Qué falta hacen.) Suerte, estimado y estimada.]

   Estuve leyendo algunas publicaciones y comentarios respecto al tema. Me parece que es algo generalizado: muchas personas no creen en la “verdad”, tampoco que exista una posibilidad de que existe (suceda) “algo”. Por ello, pensé que el siguiente escenario puede resumir parte lo que deseo tratar: nadie puede demostrar que bebí yogur esta mañana, incluso como pueden existir miles de indicios que apunten al hecho que en realidad lo hice. Por ejemplo, varias personas que estuvieron conmigo podría confirmarlo; pero pueden mentir. Se podría revisar el paquete de yogures y ver si falta uno; pero no demuestra que fue el mío. Podrían haber fotos o vídeos míos en los que bebo yogur; pero podrían ser retocadas o de ayer. Incluso, en una autopsia podrían hallar yogur en mi cuerpo, no es probable al ciento por ciento que yo bebiera ese yogur. Así sucesivamente, siempre hay razones por las que podría no haber bebido. Parece algo que no se puede probar.

¿Nunca podremos probar que algo sucedió (o que es real)? Y, de ser cierto, ¿tampoco podremos probar algo que no es real?

   Pues, esto se debe a que las personas inventaron palabras como “posiblemente”: si una persona consume habitualmente yogur cada mañana, esperaré que mañana vuelva a consumir yogur, aunque por supuesto hay una pequeña posibilidad de que no lo haga. (Notar que las palabras “posiblemente” y “probablemente” poseen significados distintos, pero no hago esa distinción aquí porque usualmente se entiende una posibilidad como algo que puede o no suceder en alguna medida del emisor del mensaje.)

   Esa pequeña posibilidad es hacia donde se dirige la atención del escéptico: el escepticismo per se, conocido como pirronismo. Pero esto no nos llevará muy lejos; como herramienta es útil, pero en ocasiones carece de sentido cuando necesitamos emitir un juicio —que Kant designa como una facultad del hombre como ser racional. (Esto puede verse algo más de detalle en una publicación anterior sobre la racionalidad.)

   La duda, como método, atrae más atención de la que merece, probablemente debido a cómo Descartes la usó, y se puede pensar que ha sido añadida a las matemáticas y a las ciencias como un método indispensable; lo que es —pero no debería, a expensas de otros métodos, como el razonamiento por analogía.

   Kierkegaard, por ejemplo, ignoraba a los discípulos de Descartes que usaban la duda de la manera en que mencionamos antes, mientras que aprobaba el uso que le daba Descartes sobre sí mismo —en tanto el uso era “honesto”, como un medio hacia algo, pues era un proyecto positivo —una epistemología, en la que él era un afirmador en lugar de un negador que utiliza la duda como un niño —diciendo “no, esto no puede ser verdad” y “ni tampoco lo otro” o “nada puede ser verdad cuando todo puede ser verdad”.

   Recoger una fruta, ¿no se siente real? Bueno, entonces es real. Cuando los filósofos hablan de la realidad de las cosas, a menudo utilizan la palabra real en un sentido diferente al que consideramos usualmente; un ejemplo clásico es interpretar “real” como “lo que es permanente y eterno”: la manzana no es real en este sentido —es posible que comerla; en este sentido tenemos lo único parmenidiano, es decir, los quarks o Dios.

   Por otro lado, podemos considerar como bayesianos a quienes piensan en ese sentido. Para un bayesiano no es tanto que todo es una opinión o que no hay verdad. Más bien sucede que su marco para de aprender la verdad no permite la certeza. Hay una razón práctica para esto: cada evidencia (datos) que reciben debería ser capaz de cambiar la probabilidad de un hecho. (Respecto a la “certeza en la verdad”: lo hace. De hecho, se debe a que en ningún problema de probabilidad está bien definida. Las probabilidades de todos los posibles resultados mutuamente excluyentes tienen que sumar uno, por lo que la probabilidad de que sólo alguno de ellos ocurra —que es una certeza— deben ser uno.)

   Por ejemplo, bajo el enunciado “bebió yogur esta mañana”, teniendo en cuenta que no bebió yogur esta mañana, esta declaración se hace muy probable. Pero entonces, ¿cómo hacemos para procesar evidencia que apunta en sentido contrario? ¿Qué pasa si alguien dice que usted no bebe yogur esta mañana porque ya está tarde?

   Otro aspecto de la aproximación bayesiana es que nos vemos obligados a tomar decisiones específicas acerca de la realidad. Así, a lo mejor nos vemos obligados a apostar con alguien más si usted bebió yogur esta mañana; en la práctica, esta incertidumbre a menudo se derrumba ante la necesidad de tomar una decisión en particular. (Puede verse más al respecto en una publicación anterior sobre deducción.)

   Como despedida, podemos resumirlo con la siguiente historia: una vez tuve un sueño que Aristóteles explicó su filosofía para mí, y yo lo refuté. Entonces Platón hizo lo mismo, y me refutó. Entonces todos los grandes filósofos occidentales y orientales aparecieron, y refutaron todas sus filosofías. Me desperté y escribí la refutación, y volví a dormir. A la mañana me di cuenta de que yo había escrito “¿En serio? Eso es sólo su opinión, amigo”.

   Suerte. 🙂